Personas felices: ¿nacen o se hacen?
- Cristy Mesta

- hace 10 horas
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La respuesta a esta pregunta con mucha frecuencia determina nuestro funcionamiento en la vida.
Una creencia se vuelve una profecía autocumplida, algo que nosotros decretamos; ya sea para pensar que no podemos cambiar y mejorar lo que nos ha tocado, o para hacer uso de las experiencias que nos proporciona la vida y, en consecuencia, generar resiliencia, aprender de ellas y salir victoriosos y fortalecidos.

Esa es la diferencia donde radica el éxito que tendremos en la vida.
Existen dos tipos de personas: las que viven con una mentalidad fija y las que tienen una mentalidad de crecimiento. La diferencia entre las dos es clara. Las primeras viven pensando que no pueden mejorar, que los talentos que les fueron dados ya no pueden superarse; piensan que no son buenos para tal o cual cosa y entonces viven en una desmotivación total, creyendo que no hay manera de superarse.
En cambio, las personas con mentalidad de crecimiento piensan que las personas pueden cambiar y mejorar. Ojo, la clave es la persistencia. Con mucho esfuerzo y trabajo duro se puede aprender del fracaso para mejorar en el futuro, y entonces podemos ver reflejado ese esfuerzo en los éxitos que vamos obteniendo, en la manera como lideramos y en el crecimiento que vamos teniendo. Por supuesto que esto afecta muchísimo nuestras relaciones interpersonales, pues una relación en la que se cree que no podemos cambiar o mejorar está destinada al fracaso.
Los genes y los talentos recibidos sí importan. Hay personas que nacen con diferentes talentos y personas que nacen con mayor predisposición al positivismo o a la felicidad. Pero los genes solo representan el 50% del bienestar.
El 10% está determinado por las situaciones externas en donde vivimos. Si ustedes están leyendo esto, no creo que sea el caso que no tengan esto a favor, ya que este porcentaje se refiere a situaciones de pobreza extrema, donde no se tienen cubiertas las necesidades básicas, o a personas privadas de su libertad. Así que, en este sentido, me atrevo a afirmar, queridos lectores, que este 10% lo tenemos asegurado ustedes y yo.
El restante 40% depende en su totalidad de nosotros. De nuestra actitud ante la vida, ante el fracaso y ante el éxito. De las decisiones diarias que tomamos para ser nosotros mismos los proveedores de nuestro bienestar, nuestra motivación para superarnos y nuestra felicidad. Son las elecciones que hacemos las que determinan este 40%. Desde las decisiones más importantes de la vida, como con quién decido casarme, la carrera que voy a estudiar y dónde decido vivir —decisiones que generalmente se toman una vez—, hasta las decisiones diarias más frecuentes, pero igual o más importantes, porque determinan cómo vivimos día a día: cómo decido enfrentar mis fracasos, mi decisión diaria de vivir de manera positiva y alegre, y lo que hago para llenar este 40%. Esto depende de mí, y por ser el único ámbito en el que tengo injerencia, es en donde debemos estar enfocados para poder dominarlo y así mejorar.

¿Cómo podemos generar cambios en este 40%? Cambiando nuestras emociones, nuestro comportamiento y nuestro pensamiento. Es una decisión voluntaria. Si fortalecemos nuestra voluntad, lo lograremos y tomaremos mejores decisiones. Para esto necesitamos un verdadero trabajo de introspección. El medio para lograr la invulnerabilidad ante el fracaso es el desprendimiento de aquellos sentimientos que nos impiden seguir intentando. Adquirir libertad total para tener el control y el poder completo sobre uno mismo.
Voy a ampliar sobre esto en las siguientes semanas. Por lo pronto, vayan cuestionándose: ¿no les gustaría tener el control absoluto de sus emociones, pensamientos y conductas? ¿Cómo lograr fortalecer nuestra voluntad para desprendernos de sentimientos negativos que nos bloquean el bienestar? Aunque suene trillado, creamos la idea de que somos los forjadores de nuestro destino; no nos sentemos a ver la vida pasar, seamos sus arquitectos y creadores de nuestra realidad.
Tengamos una mentalidad de crecimiento y estemos dispuestos a hacernos responsables de nuestra felicidad. Nos lo merecemos, se lo merece la gente que vive con nosotros y, sobre todo, vale la pena. Tenemos una vida, y hay que vivirla felices. Les dejo un beso.
Matilde.




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