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Flores

Están en todos lados y creo que, por lo menos ayer, que cumplió años, me di cuenta de que me recuerdan a ella. Estaban en el estampado de la cama en la que jugaba o me escondía cuando era niña y la iba a visitar; estaban en los vestidos que usaba cuando le organizaban festejos en su casa, con las vecinas y gente que yo no conocía; están en las blusas que usa muchas veces, cosidas en tonos negros con blanco, de rosa o morado.


Y están en el asilo donde ahora vive.


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Mi abuela paterna cumple años el primero de mayo. Es el mes de las flores, curiosamente. Y, lo hayan hecho con intención o no mis bisabuelos —quiero pensar que sí—, su primer nombre es Rosa.


Estos últimos meses me he dado la oportunidad de platicar más con ella, de estar más con ella (y con sus amigas), también porque entiendo que los tiempos cambian rápidamente y tengo que disfrutar la compañía que me otorga el presente. Ya he platicado de la casa de los viernes, del asilo que, cada vez que visito, me da un respiro y que, paradójicamente, no me muestra los deterioros que traen las décadas y las vivencias, sino el color que nace de un lugar como aquel. A veces, cuando voy los sábados en la tarde con mis papás y no sola, me levanto un momento de las mecedoras del patio para dar la vuelta por los jardines y admirar las flores de carmín pálido, rojas y blancas, sobre las que, ocasionalmente, pasa de forma fugaz un colibrí.


Hace poco vi un mensaje en alguna red social que decía: “Que mis abuelos me duren para siempre”. No diré que ruego que así sea, porque dos veces me he dado cuenta de que no es así y de que duele que no lo sea; pero, últimamente, me gustaría que las visitas, el sentarme en una banca del jardín de la casa de reposo junto a mi abuela, ese minuto de silencio en el que se me acabaron las preguntas o en el que me expresó: “Estoy muy bien aquí, dile a tu papá que estoy feliz”, duraran para siempre. En mi mente, esos momentos en los que me permito parpadear un poco más de lo habitual se sienten como si estuviera dando clic al botón de grabar. En mi mente los grabo y ahí se siente como si fueran eternos.


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Esta es de las primeras veces que la carta no va a papel, que la dejo mejor por aquí, sobre todo porque seguro se la diré a mi abuela para que no le cueste leer con sus nuevos lentes de marco azul.


En estos meses me he vuelto más agradecida de que está, de que —aunque a veces me faltan un abuelo y una abuela— el curso de su vida últimamente cambió el rumbo de la mía y me permite decir que su grupo de amigas es un contenedor de historias, lecciones y risas que me alivianan, y que la sencillez con la que me platican cada vez que las visito me enseña que, en algún punto de la vida —un punto muy lejano para mí, supongo—, todo va a estar bien, todo va a ser, tal vez, de tonalidades de rosa.


Atte. Bárbara M.C.

 
 
 

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