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Legados

En secundaria, a mis catorce años, fui a la Feria del Libro de Monterrey, un gran lugar para ver miles de libros, pero un pésimo lugar para que yo tomara una decisión respecto a cuál leer. De todas formas, como cada año, iba decidida a adquirir alguno, fuera de misterio, un clásico o contemporáneo.


Pero me decidí por uno de los últimos libros que vimos mi mamá y yo esa vez. —¿Cuál es este? —me preguntó mi mamá, con el tono de voz que implica que sería algo de nuestro compartido interés.


El libro que compré fue La bailarina de Auschwitz de Edith Eger.


Y el lunes después de comprarlo, se lo mostré a mi maestra de español, emocionada porque sabía que a ella le gustaba todo tipo de libros, en especial de historia y de la Segunda Guerra Mundial. (En dos meses de estar en su clase, ya me había prestado cinco libros).


En consecuencia, hice que todos mis compañeros de esa clase me odiaran, mientras me hacía un favor a mí misma. La maestra decidió que La bailarina de Auschwitz iba a ser el libro que leeríamos y trabajaríamos. Un libro de 400 páginas, sobre una guerra que no conocíamos a profundidad, de las memorias de una mujer, sonaba a algo pesado (aunque yo tenía muchas ganas de leerlo). Claro que sufrí los exámenes sobre los capítulos, en los que la maestra nos preguntaba incluso por la ropa que Eger describe que utilizaba. Sin embargo, fue uno de los mejores libros que he leído.


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La bailarina es una historia de dolor, que me creó coraje y tristeza y, a la vez, me los quitó. Subrayé tantas frases, algunas que incluso uso para aconsejar a mis amigas; conocí no solo la historia de Edith y su experiencia en el campo de concentración más grande de los nazis, sino la de sus pacientes. Y lo curioso es que uno de ellos pasó por algo que yo también pasaba en el momento en que leí el libro; y Eger transmite su trascendencia y resiliencia de forma que, como lectora, me hizo pensar y apreciar la mía propia.


Leí el libro hace casi diez años, y sigo creciendo a partir de la autora y superviviente del Holocausto. Edith Eger falleció hace dos días, pero sus palabras y lecciones son permanentes. Es curioso que quien descubrió La bailarina conmigo en esa Feria del Libro fue quien me dio la idea de escribir algo en honor a Eger.


“Cómo vas a ver la vida, que en todo lo que sucede hay un regalo. Hay mucho potencial no explotado en la sombra, que, si la atraviesas, no serás el mismo, serás mejor”, dijo Edith Eger en un video que encontré ayer. Eso resume el regalo de sus palabras y también su legado.


Atte. Bárbara M.C.


 
 
 

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