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Neblinas

Subir al avión. Respirar profundo porque es tuyo, lo lograste, y es el resultado de cada día, cada materia, cada A+ de calificación. Sentarte con Asia y Bernard, tus dos compañeros. Los tres tienen once años y van a un viaje educativo a California. Pensar que eres tan chico pero trabajador. Estar feliz de que tu familia lo ve y lo aplaude.


Y luego, te lo arrebatan todo.


9/11, víctimas, memorial, memoria, plaza, Manhattan, World Trade Center

Camino en el viento frío neoyorquino, en una cuadra que descansa de edificios altos. Hundo mis manos en los bolsillos de mi abrigo y dejo que el frío me golpee. También dejo que me golpee lo que está frente a mí.


Dos fuentes cuadradas, con gente rodeándolas en todas sus esquinas y lados, con miles de nombres grabados en su bronce. En la fuente sur está su nombre: Rodney Dickens. Ese niño de once años que perdió la vida cuando su avión se estrelló contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001.


Hace muchos años, cuando en una materia estábamos viendo el tema de 9/11 y del terrorismo, investigué (como suelo hacer) mucho más allá. ¿Cuántos niños perdieron la vida? ¿Quiénes fueron los más pequeños? ¿Qué hacían ese día que los llevó a un destino abrupto y desgarrador? Allí fue cuando supe de Rodney.


E intento imaginar ese día mientras enfrento la plaza conmemorativa. Estoy parada donde alguna vez hubo escombros, fuego, humo y dolor, mucho dolor. Me pregunto si la gente, si todos los turistas a mi alrededor, lo ven. Veo que algunos se toman fotografías; incluso algunos ponen su antebrazo en la extensa placa de bronce y sonríen levemente. Otros recorren rápidamente todo el recuadro, más interesados en la dimensión de la piscina. ¿Sentirán lo mismo que yo siento?


9/11, víctimas, memorial, memoria, plaza, Manhattan, World Trade Center

Me inunda una agonía por algo que no viví, por personas que no conocí, por una tragedia que no vi a través de las noticias, de los videos, de los vuelos y viajes cancelados. Me entra, además, la impotencia de que muchos turistas a mi alrededor no lo ven como fue, sino como es ahora: un sitio que debes visitar al ir a Manhattan, a su distrito financiero. Donde pisas lo que ya no es, sin poder dimensionar lo que ese día y los años posteriores fueron para tantos, en Estados Unidos y también en otras partes del mundo.


Y pienso en Rodney y sus amiguitos. En las historias que terminaron con nombres grabados frente a mí, y no en historias de felicidad, de éxito, de bondad o de supervivencia, al menos. Frente a mí dejo de ver una piscina cuya agua hace ruido en mi mente, y en su lugar veo futuros robados, planes y sueños, y mentes brillantes como la de Rodney que no pudieron compartir más con el mundo. Volteo a ver hacia la nueva torre, la One World Trade Center. Ya no quiero ver los nombres, porque son y debían ser más que eso.


Por eso, supongo, escribo esto para Rodney.


Atte. Bárbara M.C.

 
 
 

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