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La casa de los viernes

La pintura amarilla de las paredes me regresó a la casa de mi abuela, aunque el tono del nuevo lugar era más tenue. Durante meses, mi papá y sus hermanos visitaron y mudaron a mi abuela a su ahora denominada “nueva casa”, pero para mí era la primera vez que iba a la casa de retiro, al sur de la ciudad.


A inicios del pasado septiembre, fui sola un viernes por la mañana. En los días posteriores a la mudanza de mi abuela y mis festejos de cumpleaños, me comía el remordimiento de no haberla visto en semanas. No conocía los rumbos, y el horario de visita en las mañanas es estricto, de solo dos horas, pero decidí ir. No mentiré, también lo hice por curiosidad. Tenía más de una década de no visitar un asilo.


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Antes visitaba a mi abuela con mi familia o mis primos, así que realmente no sabía de qué hablarle ese viernes, estando ella y yo solas. Aun así platicamos un poco y, guiada por mi curiosidad, caminamos por los jardines hasta llegar al auditorio, el salón donde normalmente hay clases, juegos o convivios para los adultos mayores.


Llegar al auditorio en sí fue muy divertido. Una señora, que luego supe se llamaba Conchita, me decía y decía cosas, parada y apoyada en su andadera, pero nunca logré entenderle. Cuando se alejó, mi abuela señaló que ella tampoco. 


Mientras caminábamos, pasé por muchas señoras sentadas en sus andaderas o mecedoras. Yo cargaba una caja de donas que le compré a mi abuela cuando una me gritó: “¡¿Qué me traes?!” Para no desilusionarla, le sonreí y simplemente le contesté: “donas”. El resto me saludaba, o se les iluminaba el rostro, incluso con asombro, tal vez porque me veo muy diferente a la gente que normalmente ven en el asilo.


Al llegar al auditorio, nos sentamos con los demás para la clase de memoria. El profesor, que emocionó a mi abuela al verlo, nos dio hoja y lápiz para resolver sumas y restas, sencillas y no tan sencillas, que escribía en el pizarrón. Noté que algunas señoras se desesperaban: una soltó el lápiz y se cruzó de brazos, rendida; otras solo miraban su hoja como si fuera una pantalla, entretenidas (o confundidas). En la medida de lo posible, ayudaba a las que estaban cerca de mi abuela y de mí.


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En esa clase conocí a María Elena, una señora de ojos azul claro que, confundida por verme allí, me preguntó cuántos años tenía. Le expliqué que estaba allí por mi abuela. Hacia el final, cuando muchas ya solo querían las respuestas de los ejercicios, una señora empezó a recitar un poema. Si no hizo sus operaciones, al menos quiso demostrar que su mente aún recordaba algo a fondo. Todos, incluyendo al profesor, aplaudimos.


Al intentar regresar a la entrada, me perdí junto con mi abuela —quien todavía no se orientaba bien—. Siendo una casa de madres, una se acercó y me explicó el camino. De nuevo, hacia la salida, hubo sonrisas, asombro, muchos buenos días y miradas muy interesadas en las donas que cargaba.


Al subirme a mi carro, decidí que iría cada viernes al asilo. Me había divertido tanto esa primera vez, y conocí a tantas señoras agradables, que quería volver. Incluso quería platicar más con todas ellas. Pienso en algo que dijo la autora Sophie Goldberg: los nombres son un libro, cada uno una historia; y si también son un legado, me gustaría guardarlos todos.


Atte. Bárbara M.C.




LEAFEST x AKADEM


11, 12 y 13 de MARZO


UN ESPACIO PARA NUEVAS HISTORIAS, CREATIVIDAD Y APRENDIZAJE



 
 
 

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