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Dejárselo a la nostalgia

La nostalgia es definida como una emoción agridulce, una mezcla de tristeza por la imposibilidad de vivir el pasado y la alegría de saber que allí estuvieron. Paola Albarrán, en su blog “Diente de león”, menciona lo efímero que puede ser todo. Para mí, la nostalgia representa esa forma en la que los años, los días, las experiencias e incluso algunas personas son fugaces. Incluso lo que menos dura, más se graba en nosotros.


En febrero, un día me desperté y vi en mi escritorio un dibujo de una alumna que me marcó mucho. Inmediatamente, empecé a llorar. Extrañaba ser maestra en mi servicio social, extrañaba platicar con mis alumnas e incluso escuchar lo que al final me hacía aprender a mí, cuando se supone que debía ser al revés.


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Recuerdo mucho a esa alumnita porque me tardé dos clases en darme cuenta de que no podía mover sus piernas y que sus bracitos debían ser en realidad muy fuertes, porque se cargaba —sin ayuda de nadie más— de su silla de ruedas a su escritorio y viceversa. Me di cuenta en un momento en que me acerqué a recoger su lápiz, que se le había caído al piso, y noté que ella no podía arriesgarse para agacharse y levantarlo.


En otras clases, me sentaba con las niñas a ayudarles con los trabajos, y ella me hacía preguntas. Noté en una clase que tenía vendas cerca del cuello y que su profesor titular le recordó lo de una medicina. Así que aproveché para preguntarle si estaba bien, y me contó de problemas que tenía en un órgano, además de su movilidad reducida.


Esas clases con niños de cuarto de primaria me hicieron consciente de dos cosas. Primero, la alumna que usaba silla de ruedas —y que me hizo un dibujo en la penúltima clase— me enseñó que, donde vemos problemas, dolor o lástima, realmente estamos viendo fortaleza. Me preocupé cuando la vi vendada y en su silla mientras las otras niñas corrían o se movían libremente por el salón, pero ella jamás dejó de mostrar una sonrisa.


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En segundo lugar, los alumnos de esa clase me hicieron darme cuenta de que sí extrañaba ser niña. Mis alumnos se sorprendían por cosas que para mí eran normales, pensaban que era imposible que mis clases en la carrera terminaran a veces a las ocho de la noche, esperaban en la puerta dos minutos antes del recreo solo para que, al sonido de la campana, salieran corriendo… La vida adulta tiene sus beneficios, pero la niñez es más imaginación y juegos en el parque, dos cosas que echo de menos.


Aun así, donde hay nostalgia, hay momentos bien vividos. Por más que extrañe a veces ser niña, ser maestra, a mis alumnas, sé que los momentos que vivo en el presente luego me causarán su propia nostalgia. Entonces, esa mañana, me limpié las lágrimas después de ver el dibujo de mi alumna y sonreí, recordando una de las sonrisas más pacíficas y dulces que he visto.


Atte. Bárbara M.C.

 
 
 

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