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La terrible, absurda idea de despedirme

Este diciembre ha sido extraño por varias razones, pero especialmente porque ha estado lleno de lo que llamamos despedidas. De familia que vive lejos, de amigos, de las dos mejores amigas que son como mis hermanas, e incluso hubo despedidas “por si acaso” (espero sepan a lo que me refiero).


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Dije adiós porque mis dos mejores amigas se van temporalmente a otros países. Son casi como mis hermanas: de las personas que más me conocen, a quienes les contaría lo que sea y a quienes apoyaría en lo que fuera. Se siente raro saber que no las veré por un buen tiempo. Por esto, el diciembre pasado me di cuenta de dos cosas. Primero, detesto la palabra “extrañar”. Tengo un conflicto con su definición y su uso, por lo que con mis amigas intento no utilizarla. Y, segundo, descubrí mi idea de que es absurdo e intolerable el concepto de despedirse de lo que, aunque esté lejos, sí está.


Hasta que hace seis días, Sofía Segovia, autora bestseller regiomontana, me puso a pensar otra vez. Subió una publicación en la que escribió al final: “…extrañar es un ejercicio hermoso, aunque duela. Extrañar es amar”. Su razón de extrañar es muy diferente a la mía, pero me di cuenta de que estaba de acuerdo. Me equivoqué los últimos meses al pensar que esa palabra debía dejarla para quienes ya no puedo ver, para quienes sé que no están a mi alcance, ni siquiera por llamada.


Puede que tenga el privilegio de estar utilizando la palabra “extrañar”. No es que algo esté incompleto o extinto, aunque lo parezca, pero este ejercicio reafirma el lugar que las personas tienen en nuestro corazón y en nuestras vidas. De modo que no puedo negar que extraño a mis dos mejores amigas, pero hay un lado muy bonito a extrañar, un lado que supongo las tres viviremos y conoceremos durante este año. Y sí, extrañar no solo se refiere a echar de menos a los muertos; también incluye extrañar las formas de hablar con alguien, la cercanía o incluso lo habitual.


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Acerca de la idea de despedirme, la sigo sosteniendo. Despedirse es difícil, pero necesario si estoy segura —o sé— que a esa persona no la volveré a ver, situación que me ha pasado muy pocas veces, afortunadamente. Quiero dejar las despedidas para lo que tal vez no vuelve, para lo que jamás será igual de nuevo. Por eso no me despedí de mis mejores amigas, y hubiera sido absurdo hacerlo: incluso en países diferentes, nuestras pláticas, risas y cariño perduran. Cuando regresen y las vuelva a ver, esa hermandad seguirá intacta.


Atte. Bárbara M.C.


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