Diez jóvenes y un sabio
- Bárbara Martínez Campuzano

- hace 23 horas
- 2 Min. de lectura
“Es curioso cómo un evento que representa un parpadeo en el transcurrir de la vida puede convertirse en un preponderante detonador de nuestra sustancia, de lo que nos define y nos demarca…”
― Sophie Goldberg, autora de Lunas de Estambul
Me senté a la mesa del comedor con otros nueve jóvenes: el menor tenía dieciocho años y el mayor, treinta y tres. A nuestro lado estaba quien nos había convocado: un doctor de noventa y dos años. Hacía tiempo que no estábamos todos juntos en la misma habitación.

Lo primero que nos pidió fue silencio. Silencio absoluto. Durante cinco minutos escuchamos lo que normalmente pasa desapercibido: la respiración ajena, los ruidos mínimos, incluso la risa contenida cuando alguien tocaba insistentemente la puerta —y nadie fue a abrir—.
Al terminar, comenzó una de las conversaciones más sinceras y hermosas que he tenido. Todo partió de una pregunta simple: “¿Qué escucharon?”. Las respuestas fueron tan diversas como profundas. A partir de ahí, el doctor habló de conectar, de sentir, de amar. Cada idea parecía llevar naturalmente a la siguiente, como si la plática hubiera sido pensada desde hace tiempo.
Y lo había sido. Esa reunión era, en cierta forma, una manera de dejar las cosas claras por si algo le llegaba a pasar. Había incluso preparado regalos: monedas antiguas para los hombres, anillos para nosotras. Para entonces, todos estábamos conmovidos, compartiendo servilletas para secar las lágrimas.
No me gustaría decir, o creer, que esa plática aludía a una despedida, pero el doctor hablaba con esa intención. Tan fiel le quiero ser a ese momento, que por respeto no contaré mucho. Pero sí quiero resaltar algo que nos dijo el doctor: “Hagan las cosas con el corazón. Eso es lo que quiero que hagan”.
No solo con la cabeza, por el bien de ganar dinero o por inercia; lo que queramos hacer con nuestras vidas, o en relación con nuestro propósito, debe venir desde el corazón. Cuando dejamos de pensar a profundidad, de preguntarnos el porqué de las cosas, y permitimos que la rutina, el tiempo y el trabajo nos guíen, dejamos de lado lo humano. Incluso al convivir con otros podemos hacerlo en silencio, como al inicio de esa plática: atentos al ambiente, a la persona frente a nosotros, agradecidos por el momento, porque con los años esos momentos suelen volverse menos frecuentes.

Cuando el doctor vio a tres de nosotras abrazarse, lo señaló y dijo que esa empatía, esa conexión, es la que vale y debemos conservar. No hay nada más importante que aquello que nos permite conectar: la familia, los amigos, los otros. El amor es el sentido fundamental de la vida. Y, nuevamente, más allá de eso, hay que hacer y actuar con el corazón. Supongo que, al escribir esto, al escribir en general, lo estoy cumpliendo.
Los diez jóvenes en la mesa eran mis primos, mi hermano y yo. Los diez nietos. El sabio doctor es mi abuelo. Y cuando acabó la emotiva plática, cuando fue mi turno de abrazarlo, me dijo al oído: “Escríbelo”.
Así que aquí está, abuelo.
Atentamente,
Bárbara M. C.
LEAFEST x AKADEM
11, 12 y 13 de MARZO
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