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En este año nuevo enviadme libros con finales felices

Es el primer blog del año y, por primera vez honestamente, no lo recibo con euforia ni con listas interminables de propósitos. Recibo el 2026 con mucha nostalgia. Con un deseo enorme de conservar los recuerdos de años anteriores, de que las tradiciones no cambien, de que todo pudiera quedarse como era antes. Pero la vida no nos pregunta lo que queremos, y la vida pasa y nos cambia.


El 2025 me transformó de una manera que no elegí. La pérdida de mi hermana menor, Raquel, partió el año (y mi corazón) en dos. Desde entonces, nada volvió a sentirse igual. ¿Cómo podría serlo? La Navidad no fue la misma y probablemente no volverá a serlo. Porque cuando alguien falta, no solo falta una persona: faltan rituales, conversaciones, risas; sobran lugares en la mesa. Nada es igual, aunque intentemos que lo sea y actuemos como si nada pasara.


Y yo estoy parada entre dos fuerzas opuestas. Por un lado, el deseo profundo de aferrarme a lo que fue; por el otro, la incertidumbre de lo que sigue. Me pregunto cómo se crean nuevas tradiciones cuando las anteriores se rompieron, cómo se honra el pasado sin quedarme atrapada en él, cómo se sigue adelante sin sentir culpa por hacerlo.


El año nuevo llega así: en medio de un torbellino de tradiciones rotas, de familias heridas y de pérdidas irremplazables. Pero también, porque soy como soy, llega con ilusión. No una ilusión ruidosa ni ingenua, sino una más silenciosa, más cuidadosa. La ilusión de saber que, aunque nada sea igual, la vida sigue sorprendiéndonos con pequeños comienzos.


Aprendí en el 2025 que no importa cuántos libros leamos, cuánto trabajemos o cuántos títulos o reconocimientos acumulemos: el dolor no se va. Hay que enfrentarlo, analizarlo y desintegrarlo para sanar. Y en este proceso de sanación encontré algo que no veía venir… la escritura. Una escritura informal, sin reglas, en forma de blog, que me permitió entender de alguna forma lo que sentía cuando las palabras no me salían en voz alta. Escribiendo encontré una manera de compartir, de entenderme y, poco a poco, de respirar mejor.


Quizá el 2026 no se trate de exigirnos metas perfectas ni de llenar agendas sin espacio para el duelo y el respiro. A lo mejor se trate de aprender a vivir con ese hueco, de crear nuevas tradiciones desde lo que hoy somos. Más bien, el 2026 quizá se trate de cuidar la relación con nuestra familia y amigos. De ofrecer a los demás lo que esté a nuestro alcance, como nuestro tiempo, escucha y presencia. Abramos las agendas en blanco y empecemos a soñar con nuevos proyectos. Planeemos viajes y experiencias con la gente que queremos, propongamos una vez más juntarnos, ahora sí, todos los jueves las amigas, inscribámonos a cursos nuevos y, sobre todo, descubramos libros nuevos de los que saldrán historias, aprendizajes y personajes que nos harán tener pláticas interminables. Porque es ahí (no en las ventas, ni en los libros terminados ni en los kilómetros corridos) donde empieza a asomarse la felicidad.


Entre la nostalgia y la esperanza, aquí estoy. Recibiendo un año nuevo sin certezas, pero con la voluntad de seguir. Y a veces, eso es más que suficiente.


Y para todos los románticos que, como a mí, nos cautivan más las cosas pequeñas, en este año nuevo les deseo algo muy concreto. Para el 2026 no encuentro mejores palabras que las de Nazim Hikmet, quien le escribe a su amigo Vala Nureddin y que, desde la primera vez que las leí en un libro de Benito Taibo, se me hizo un nudo en la garganta, las sentí como un deseo para todos y se convirtieron en mi poema favorito.


Hermano mío,


enviadme libros con finales felices,

que el avión pueda aterrizar sin novedad,

el médico salga sonriente del quirófano,

se abran los ojos del niño ciego,

se salve el muchacho al que mandan fusilar,

vuelvan las criaturas a encontrarse las unas con las otras,

y se den fiestas, se celebren bodas.


¡Que la sed encuentre al agua,

el pan a la libertad!


Hermano mío,

enviadme libros con finales felices,

esos han de realizarse

al fin y al cabo.


R… te marco al rato porque ya llegué

Fabiola

 
 
 

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