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Coincidir en palabras

Después de una semana en la que estuve en más de treinta actividades, con varios autores, seguida de un fin de semana con toda mi familia y una boda, me quedo contenta. Muy satisfecha con todo lo escuchado, platicado y leído, sobre todo, porque confirmo lo bonito que es coincidir a través de las palabras.


Estoy agradecida por haber sido parte de LEAFest, de platicar con autores extraordinarios como Vicente Alfonso, de escuchar historias increíbles como la de Tamara Trottner y de convivir con gente que se interesa en la literatura de la misma forma en la que yo lo hago. Y luego, un fin de semana de boda. También fui muy feliz: vi a toda mi familia, le conté a mi abuelo sobre los autores que conocí, supe de primas que viven fuera y —como en LEAFest— confirmé cómo las palabras conectan, nos unen, nos hacen coincidir.


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En el festival, me emocioné de ver a tanta gente reunida con libros en las manos, buscando entre repisas o con el interés genuino de conocer más sobre un escritor, la mente detrás de la historia. A lo largo de tres días, en distintos salones, las manos se alzaban para preguntar; a veces, lograban en el autor una sonrisa de comprensión o una pequeña revelación. La gente hacía fila para firmas: “para mi hermana”, “mi hija no pudo venir, pero le gusta mucho tu escritura”, “es para mí”.


En lo personal, me acerqué a Javier Moro con mi libreta, porque mi mamá ya tenía A flor de piel firmado y yo no tenía otro libro a la mano. Le pedí que me deseara suerte ahí mismo. “Mucho éxito”, me escribió. Sonreí. Palabras que me alientan, como si hubiera recibido una bendición.


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Para el segundo día entendí que no se trataba solo de quien estaba en el estrado o de lo que venía a compartir, sino de cómo eso circula entre todos en la sala. En la masterclass de menopausia, las mujeres conversaban entre ellas y con la expositora, señalando frustraciones, dudas y confusiones que no sabían que eran tan compartidas. Con Sophie Goldberg, en su plática sobre gratitud y memoria a partir de El jardín del mar, pocos lograron contener las lágrimas. Yo, cambiando las diapositivas, lloraba—y al notar que no era la única, dejé de sentir pena. Las palabras, otra vez, habían conmovido a un salón entero.


El fin de semana, durante la boda de mi primo mayor por parte materna, terminé de entender por qué quería escribir esto. En la misa, los novios leyeron cartas que se habían escrito. La novia empezó, y cuando su voz se quebró, parecía que se habían abierto decenas de grifos; mi único miedo, mientras tanto, era que mi maquillaje no resistiera. Pero allí vi cómo “te amo” y “te escojo” pueden ser una de las formas más hermosas de coincidir y celebrar.


Ya sea en un libro, en los escritos de alguien que deja frases que vale la pena subrayar, en las palabras que se dicen dos personas antes de casarse, o en un “te quiero” acompañado de un abrazo en la pista de baile, no cabe duda de que las palabras nos rodean y nos permiten compartir; se convierten en un punto de reunión precioso.


Coincidir —a través de ellas— es, al final, un regalo.


Atte. Bárbara M.C.

 
 
 

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